– Ya te picó la casa, ¿verdad?…
– …¿?
– Eso haces cuando te levantas de la nada y te pones a caminar pero no me dices que quieres salir. Te pareces al Leo – el reclamo viene desde la recámara, donde en la pantalla un tal Dr. Nowzaradan parece estar igual de molesto con alguien que no quiere-puede bajar de peso. Yo llevaba rato caminando, ya bañado y cambiado esperando a que mi esposa se despertara.
Es un sábado soleado a las faldas del volcán de fuego. Después de una semana cargada de humedad, por fin ha dejado de llover y quiero salir de casa. Pero mi esposa tiene razón, hay momentos cruciales en los que me urge ponerme de pie. Suelo hacer lo mismo que hice hoy. Me activo, como un perro que mueve la cola sin entender negativas. Soy un reflejo de Leo un poco menos peludo.
Cuando Leo se despierta, comienza a estirarse, haciéndole notar a los otros cinco hermanos que ya es hora de salir al patio. Yo, en cambio, estornudo veinte veces seguidas porque mi cuerpo sabe que amanecimos a 23 grados y no a los 32 que estaba acostumbrado en Mérida. Después de dejar su olor en la misma esquina de siempre, Leo entra de nuevo a la casa, para comenzar a sacudirse y validar si los humanos ya abrimos los ojos. Yo orino sobre porcelana, para después ponerme los tenis como si fuera un bailarín de claqué. Es en este momento que la despierto y siento la mirada fulminante de mi esposa en mi nuca. El perro, en un último intento de llamar la atención, se para frente a mi esposa, observándola fijamente con esos ojos amarillos de exorcista. Yo creo que lo hace para interrumpir la idea de divorcio que flota en el ambiente.
Aquí es cuando procuro darle un beso. Tanto a Leo como a ella, no sin antes pronunciar un fuerte y claro “¡buenos días, arriba, arriba!”.
Desearía que mi esposa iniciara su día como un perro.
– ¿Y a dónde quieres ir? – se nota cansada tan solo de escuchar el plan pero de todas forma se viste, de mala gana.
– Busquemos un museo– casi me pongo a jadear de la emoción al no escuchar negativa al respecto.
– Hay uno en Nogueras, cerca de Comala.
– ¡Vámonos! ¡Guaf Guaf Guaf!
***
– En la glorieta de los perritos, toma la carretera a Comala – Entre los locales se conoce como “Carretera”, pero yo prefiero decirle “Camino…”. Suena más bohemio. El término se acopla a la zona llena de árboles y parotas que obligan al asfalto a caderearse entre subidas y bajadas.
Después de un rato dejamos atrás a “Don Comalón”, el restaurante familiar con la palapa gigante y música en vivo que nada le pido a un Corona Capital.
– Aquí gira a la derecha y es hasta el fondo. No te frenes a tomar fotos aquí… – y con razón me dijo eso pues las Suburban cromadas no parecen vivir de la tuba. La calle presume un empedrado tupido, algunas rejas reforzadas y portones gruesos que se han visto obligados a malear su complexión con tal de respetar el grosor de las higueras. Las paredes también flanquean plantíos y amplios terrenos, haciendas y mansiones que me orillan a pensar “¿cuánto tiempo necesitas para trapear toda la casa?”.
Mientras subíamos a Nogueras, recuerdo haber escuchado que, para huir del calor de la ciudad, los colimotes suben al nevado para tomar café por las tardes. Pensé que eran leyendas de marketing pero ahora veo que no es necesario hacer cumbre. El otoño perpetuo está a tan solo 10 minutos de casa.
Después de vadear uno que otro arroyo, llegamos al pueblo de Nogueras, antes llamado Ayuchitlán, que se interpreta como “valle de flores”. Nogueras es un pueblo pequeño con muchos colores en sus fachadas y un restaurante de alta cocina que está llamando la atención, Pascual Hacienda Nogueras del Chef Alan Ramos. Una parada obligatoria si son fanáticos de la gastronomía mexicana donde, al pedir un simple café de olla, te ofrecen la experiencia de armar tu propio café, colocando ingrediente por ingrediente de acuerdo a tu paladar.
–Hola-buenos-días. Se-encuentran-en-el-Museo-Universitario-Alejandro-Rangel Hidalgo(MUARH). Favor-de-no-tomar-fotografías-en-esta-sala. Si-tienen-alguna-duda-favor-de-preguntarme. Mi-nombre-es-José-y-estaré-a-cargo-de-su-recorrido – dijo a un solo suspiro el niño de unos 10 años.
Estamos en la primera de cuatro salas que exhiben las obras del arquitecto-pintor-ilustrador-escenógrafo… – Aquí no pueden tomar fotos pero si usan las lupas en el mostrador, pueden ver el detalle de la obra – José se la sabía de todas a todas pero aunque se veía apurado por recitar el resto de su speech, finalmente nos dejó a solas frente a un retablo magnífico donde el autor pintó docenas de niños angelicales.
Sin duda, el uso de las lupas mejoró ampliamente mi experiencia. Aprovechando que estuvimos solos durante todo el recorrido y pegando mi ojo lo más posible a la obra, fui testigo del amor de Rangel hacia la geometría y las escenas diarias. Las postales de UNICEF de los niños angelicales, las cuales le ganaron renombre mundial, tienen una estética sublime al no dejar rastro de las pinceladas. Las sombras tan cuidadosamente planeadas y ejecutadas ayudan a dimensionar la disciplina y la dedicación del artista.
Alejandro Rangel Hidalgo fue reconocido por su interpretación de la infancia con un toque sacro. Ángeles trajeados de acuerdo a cada región o continente. Trazos y geometrías testigos de su pasión por la ingeniería y la arquitectura, probablemente testigos de su herencia del ingenio azucarero donde creció, rodeado de figuras toscas pero finas como engranes, poleas y herramientas de trabajo pesado. ¿De ahí salió la inspiración para crear crear muebles, escenografías, ilustraciones y hasta trabajar con la herrería?.
Pero el legado de Alejandro Rangel no se limita a la representación artística propia, sino que ha dejado una muestra fehaciente de las civilizaciones prehispánicas que habitaban Nogueras. En el MUARH se conservan piezas que fueron saqueadas de las tumbas prehispánicas entre 1950 y 1973, las cuales datan de los años 600 a 500 a.c. A la fecha no hay mayor conocimiento de las civilizaciones precolombinas ya que al robar piezas y remover tumbas, se perdió cualquier contexto para su análisis antropológico.
Pero hubo unas figuras que llamaron mi atención y creo nos dan un muy buen acercamiento a la armonía que destilaba en las tierras del Rey Colimán. Al principio creí que las figuras eran una alteración obvia de la realidad. “Un poco de misticismo no cae mal” dijera John Lennon.
Pero al momento de leer la descripción de la referencia de dichas figuras cerámicas, entendí que no fueron creadas con la intención de alterar, sino de educar y respetar la realidad vivida por muchos, como mi madre y toda aquella generación previa a la vacuna contra la polio. Una representación de la empatía hacia los que consideramos “diferentes”.
“Elocuente testimonio en escultura de algunas enfermedades que padecieron; síndrome de down, pie equino, el hombre que sufre de espina bífida luce adornos de alto rango… Estas figuras nos sugieren una dignificación de su sufrimiento. Podríamos decir que son aceptados y amados, no parecen buscar la perfección, que deshumaniza y margina.”
–¿Les-gustó-la-exhibición?-Pueden-terminar-el-recorrido-por-su-cuenta,-en-la-sala de-al-lado.-Es-el-estudio-del-maestro-Rangel.– José aceleró nuestra salida al ver que un amiguito suyo lo esperaba afuera con una pelota. Un recordatorio de que cada quien vive sus días a su manera.
El estudio del maestro Rangel se encuentra rodeado de libreros de madera, de su autoría por supuesto. Las manijas y los bordes llevan decoraciones pintadas a mano, de flores y curvas pastel que combinan con el suelo y el techo. En el centro del estudio, una mesa de vidrio permite contemplar todas las herramientas que usaba en su día a día. Desde colores, borradores y lápices de diversos grosores, hasta espátulas y herramientas que solo se encuentran en una herrería, mazos y otros aparatos que no tienen pies ni cabeza. Al maestro Rangel sí que le gustaba experimentar.
En algunas paredes se reclinan lámparas y vigas que usaba para decorar, burós y tocadores de pino encino que él mismo diseñó, así como cartas de corresponsales de la UNICEF y organismos del clero donde se le reconoce y agradece su trabajo. Confieso que hubiera resultado mejor conocer el estudio caótico con tropiezos de material y herramientas para entender mejor la realidad del día a día del artista, pero el museo es una exquisita representación del talento colimense.
En una de las paredes del estudio, un cuadro pequeño llama la atención. De acuerdo a su madre, los dotes artísticos de Rangel se remontan a cuando él tenía tan solo un año de edad, como se muestra en un dibujo solamente disponible en su estudio, donde, sin salirse de la línea, pintó de azul el interior de algo parecido a la forma de un corazón, marcando un punto rojo justo en el medio. Para ella, eso fue prueba suficiente que tenía un talento nato con la pintura.
Es difícil ponerle una etiqueta a Rangel. Fue un artista en toda la extensión de la palabra. Un artista buscando escape a través de cualquier superficie que se dejara trabajar. Un artista que no solo dejó obras plásticas, pinturas o postales por doquier, sino que marcó la personalidad y rescató la historia y legado de una comunidad entera, el legado de Nogueras, Colima.
