Recuerdo la primera vez que escuché esta canción, fue en casa de mi vecina, quien tiempo después se convertiría en mi amiga y una maestra de vida, la gran Regina Santiago, analista política y periodista, luchadora incansable de los derechos por la información. Regina, una figura importante en la vida política e intelectual del país, amiga de personalidades como el maestro Francisco Toledo y el mismo Andrés Henestrosa, compositor de esta pieza. Regina interpretaba La Martiniana con su guitarra y nos contagiaba la nostalgia de evocar a quienes se han ido y, a la vez, la alegría de estar en vida con los que queremos.
Son de consuelo y eternidad
La Martiniana resuena con la esencia profunda del pueblo zapoteco y el alma de Oaxaca, llevándonos en cada nota y verso a una época donde las tradiciones, el misticismo y la palabra poética son refugios para el dolor y el consuelo. Atribuida al poeta y escritor zapoteco Andrés Henestrosa, esta obra ha perdurado como un himno de duelo y reconciliación. Su melodía, en forma de son istmeño, acaricia el corazón de quienes enfrentan la partida de un ser querido.

Una composición nacida del alma zapoteca
Henestrosa, originario de Ixhuatán, Oaxaca, fue un intelectual comprometido con la preservación de su cultura y su lengua zapoteca. En su obra, buscó perpetuar las tradiciones de su pueblo, y La Martiniana no fue la excepción. Aunque el texto pudo haberse inspirado en poesía popular o en canciones tradicionales de la región, Henestrosa la adaptó con versos en zapoteco y español para hablar de la vida, la muerte y la conexión espiritual con los que ya no están.

La Martiniana como son istmeño: ritmo y poesía en armonía
El son istmeño, una expresión musical del Istmo de Tehuantepec, es conocido por su cadencia melódica y su sensibilidad. Interpretado con instrumentos como guitarra, marimba y violín, su tono acompaña temas que van desde el amor hasta la nostalgia. La Martiniana, adaptada como son, refleja esta cadencia particular, permitiendo a sus versos fluir con una suavidad ideal para hablar del duelo. La canción se convierte en un consuelo, una balada que honra a los difuntos, con una melodía que transmite paz y recuerda que el dolor es parte del ciclo de la vida.
Un consuelo en el duelo
La letra de La Martiniana explora la pérdida y el deseo de paz para quienes se han ido. La canción es una conversación entre el que parte y el que se queda, donde la figura de la muerte se presenta como una transición natural en la existencia. En sus versos, Henestrosa pide a los vivos que no lloren por los muertos, ya que hacerlo puede impedir su descanso. La canción se convierte en un recordatorio de la importancia de soltar y de permitir que los recuerdos florezcan sin el peso del dolor.
Frases como “No llores por mí, es un mal innecesario; si lloras por mí, yo siento más mi cruel dolor” reflejan la enseñanza del desapego, invitándonos a ver la muerte como una etapa más, sin renunciar al cariño, pero evitando el sufrimiento que encadena. Este mensaje, aunque emerge de la tradición zapoteca, ha llegado a resonar universalmente en aquellos que han experimentado la pérdida y buscan un bálsamo en el recuerdo.

La Martiniana, símbolo de la cultura mexicana
Con el paso de los años, La Martiniana se ha convertido en una de las piezas más representativas de la música tradicional mexicana, especialmente en las celebraciones del Día de Muertos. En estas fechas, cuando se honra la memoria de los fallecidos, su melodía se escucha entre velas, flores y altares. En este contexto, este son se convierte en una plegaria que conecta a los vivos y a los muertos, en una ofrenda sonora que ayuda a mitigar la ausencia y a celebrar el amor que continúa vivo.
Cada vez que esta canción se entona, ya sea en una ceremonia, en un altar o en una reunión familiar, cumple con su propósito de brindar consuelo y sanar corazones, dando paz a quienes recuerdan y fortaleza a quienes esperan el reencuentro en otro plano.

Un legado eterno
La Martiniana es más que una canción; es un testamento del alma oaxaqueña y del espíritu de Henestrosa, una obra que refleja la relación de México con la muerte y su habilidad para transformar el dolor en arte. Cada nota es un consuelo y cada verso un recordatorio de que aquellos a quienes amamos nunca se van del todo; viven en nuestra memoria y en el eco de cada melodía.
Regina perdió la batalla en la pandemia, pero me dejó todas sus historias, sus ganas de vivir y la herencia de conocer una canción que hoy me acompaña cada noviembre mientras la casa se viste de colores y se edifica la ofrenda de Día de Muertos.
“¡Ay, de mí! ¡Ay, de mi corazón! No llores, por favor, no llores más.” Con este verso, Regina y todos los que no están vienen en camino para cantar sones del alma que alegran los corazones.

